Desde hace más de dos años, México ha estado en el radar de empresas globales que buscan reconfigurar sus cadenas de suministro. Este movimiento, conocido como nearshoring, responde a una necesidad cada vez más urgente: estar más cerca de los principales mercados consumidores, reducir costos logísticos y minimizar riesgos geopolíticos, especialmente tras los efectos de la pandemia y las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China. Lo que comenzó como una estrategia táctica, se ha convertido en una oportunidad estructural para el país.
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En 2024, México atrajo más de 38 mil millones de dólares en Inversión Extranjera Directa, de acuerdo con datos de la Secretaría de Economía. Aunque el término nearshoring se ha repetido hasta el cansancio, la realidad es que, al menos en México, aún estamos en una fase de construcción de condiciones. No se trata solo de atraer plantas industriales; se trata de crear ecosistemas productivos robustos que generen empleo de calidad, eleven la competitividad regional y fortalezcan la cohesión social. En este contexto, el valor humano se vuelve central.
El nuevo perfil del inversionista internacional
La decisión de instalar operaciones en México está cada vez más ligada a la disponibilidad de talento calificado, la estabilidad energética, la madurez de los ecosistemas de innovación y, sobre todo, la capacidad de generar valor en el largo plazo.

Firmas como Deloitte, Kearney y el BID coinciden en que las inversiones ahora se concentran en regiones que ofrecen no solo ventajas logísticas, sino también una infraestructura institucional sólida, políticas sostenibles y una cultura empresarial moderna. “El enfoque humano ya no es solo una narrativa ética. Hoy forma parte de la ecuación de negocio”, apunta un informe del BID publicado en abril de 2025. Las empresas analizan si encontrarán en México talento técnico con habilidades digitales, si podrán operar con energía limpia y confiable, y si existen garantías para una operación estable y rentable.
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También influye el hecho de que las estrategias ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) ya son parte obligada de los reportes financieros globales. Esto obliga a cualquier corporativo a evaluar si su presencia en México contribuirá a sus compromisos globales de sostenibilidad y diversidad.
Retos: ¿estamos listos para esta nueva etapa?
A pesar del entusiasmo y los anuncios de inversión, México enfrenta desafíos importantes. En primer lugar, la formación de talento no avanza al mismo ritmo que la demanda. En estados clave como Nuevo León, Querétaro o Chihuahua ya se reporta escasez de técnicos especializados en manufactura avanzada, electrónica de precisión e inteligencia artificial aplicada. Universidades tecnológicas e institutos de formación profesional están tratando de responder, pero el rezago sigue siendo visible, especialmente fuera de las capitales estatales.

Otro factor crítico es la infraestructura energética. Varios parques industriales en el norte del país han enfrentado límites en la capacidad eléctrica instalada. La transición energética no es solo deseable, es indispensable si México quiere recibir inversiones comprometidas con energías limpias. Empresas como Tesla o BMW lo exigen en sus cadenas de valor, y si no se garantiza el suministro renovable, optarán por otras sedes.
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Por último, la seguridad física y jurídica continúa siendo una preocupación. Aunque muchas empresas operan sin problemas, la percepción de riesgo en algunas regiones del país limita la expansión de inversiones a nuevos corredores industriales. Resolver estos temas exige una política pública clara, coordinación intergubernamental y voluntad para impulsar reformas estructurales.
Hacia un nearshoring con enfoque humano
Frente a estos retos, algunas empresas están apostando por un modelo más inclusivo. Whirlpool, por ejemplo, ha establecido alianzas con el gobierno de Coahuila y universidades técnicas para capacitar a jóvenes en tecnologías de automatización, con un enfoque que prioriza la empleabilidad local. Bosch, en San Luis Potosí, ha implementado políticas de igualdad de género en entornos de alta especialización industrial, y promueve la movilidad profesional interna como parte de su retención de talento.

Incluso startups mexicanas están jugando un rol clave. Nowports, especializada en logística digital, ha captado inversión internacional para mejorar la trazabilidad del transporte marítimo en América Latina, mientras promueve la inclusión de talento joven y diverso en sus operaciones. Otro ejemplo es VEMO, una empresa mexicana de movilidad eléctrica que provee soluciones a compañías internacionales bajo un modelo sustentable.
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Este enfoque no solo mejora las condiciones sociales de las regiones donde se instalan, también representa un diferencial competitivo. Las empresas que invierten en bienestar, diversidad y formación tienen menores tasas de rotación, mejores indicadores de productividad y una reputación más fuerte ante sus stakeholders.
Es cierto que el nearshoring representa una oportunidad histórica para México, pero no será sostenible si se limita a atraer naves industriales. Lo que marcará la diferencia será la capacidad del país para ofrecer talento humano calificado, condiciones laborales dignas, infraestructura limpia y políticas públicas que acompañen el crecimiento.
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En un mundo cada vez más conectado y exigente, el valor humano no es solo un activo; es el cimiento de cualquier estrategia de desarrollo. Si México logra construir un modelo de nearshoring con rostro humano, no solo consolidará su posición en la economía global: también podrá cerrar brechas internas y redefinir su propio futuro.












